Dopaje no, pero acoso tampoco

agosto 11, 2010 No Comments

Moreni Tour 2007

Moreni en el Tour de 2007, una imagen que nos entristece a todos.

A pesar de que hoy por hoy, afortunadamente, el dopaje ha dejado de ser el principal protagonista de las polémicas y de los medios de comunicación cuando se habla de ciclismo, y a pesar de que se a suavizado en cierta medida la persecución y “caza” de aquellos que ceden a la tentación, quiero expresar mi descontento por el desprestigio que ha causado en los últimos años el tema del dopaje. La verdad es que me parece sumamente injusto que la hayan tomado especialmente con el ciclismo.
Somos conscientes de que el dopaje en el deporte siempre ha existido, aunque las formas de hacerlo han evolucionado desde la antigua Grecia: se ha pasado de técnicas rudimentarias como la ingestión de brebajes de hongos o testículos de perros, a complejísimas transfusiones de sangre, inyecciones de hematocrito o pastillas que alteran la frecuencia cardíaca máxima. Pero sea cual fuera la época, el dopaje siempre se ha perseguido, a pesar de que las repercusiones no siempre han sido las mismas.

La polémica en el dopaje no es nueva, pero en los últimos años se ha agravado más y se ha centrado especialmente en el ciclismo. Si bien es cierto que en el atletismo o en la natación el nivel de controles antidopaje es notablemente alto y las sanciones son duras (entre uno y cuatro años sin poder competir a nivel profesional), al ciclismo le han estado dando demasiado duro: multas de cientos de miles de euros, sanciones deportivas que prohíben al implicado la práctica de ciclismo a nivel competitivo durante un mínimo de dos (en ocasiones, si colaboran, pueden reducirla a uno), cientos de controles semanales que lleva a cabo la Unión Ciclista Internacional (UCI) junto al Comité Olímpico Internacional (COI) y a la Agencia Mundial Antidopaje (AMA), etc.

Y todo ello sin tener en cuenta la fórmula para combatir el dopaje que ha adoptado la UCI y que ya lleva dos años en vigor: el Pasaporte Biológico, que consiste en un documento electrónico e individual en el que figura el perfil hematológico y esteroideo del ciclista, además de todos los resultados de controles antidopaje anteriores. El pasaporte también somete al corredor a un riguroso control por parte de las autoridades ciclistas, que llega al punto de invadir la vida privada de la persona, ya que exige informar dónde se encuentra el ciclista a cualquier hora del día, durante los 365 días del año, para la realización de cualquier tipo de control. El ciclista gallego del Astana y vencedor del Tour de Francia de 2006, Oscar Pereiro, ha declarado en alguna ocasión que le han llegado a hacer un control en los baños de un cine cuando asistía con su familia durante su periodo de vacaciones.

A esta invasión de la intimidad le sumamos el coste total de la creación de estos pasaportes, que asciende a una cifra de 5,3 millones de euros. La consecuencia negativa más relevante es que su adquisición es obligatoria para poder disputar las grandes carreras del calendario internacional UCI Pro Tour – como el Tour o el Giro -, lo que significa que los más de 500 equipos ciclistas continentales, profesionales o no, y de presupuestos modestos, no podrán disputar como invitados las carreras de alto prestigio, necesarias para conseguir nuevos patrocinadores que asuman los gastos de la escuadra.

Las prácticas dopantes se dan en prácticamente todos los deportes: desde el futbol al surf. Pero la persecución y el castigo no son los mismos. No hay igualdad de condiciones. Mientras que en la NBA las sanciones no pasan de un par de semanas de castigo porque los casos de positivo se han hecho más que habituales, en el ciclismo las imputaciones son cada vez más graves y ya comienzan a atentar contra la vida privada. Los ciclistas también son personas con intimidad y familia.

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